Archivo por días: 24 Junio 2013

El murciélago de los Bacardí

Tomado de Santiago en mi

En 1862, después de tanto experimentar con la destilación de rones, Facundo Bacardí Massó dio con la fórmula de un ron que con los años se convertiría en el más afamado del mundo. Para la producción y comercialización del nuevo ron, los hermanos Bacardí Massó (Facundo y José) compraron, ese mismo año, un alambique nombrado “El Marino”.

Cuentan que al entrar por primera vez a la destilería, la esposa de don Facundo, Lucía Victoria Moreau (para algunos Amalia Victoria), se percató del gran número de murciélagos que habitaban las añejas vigas y sin pensarlo mucho propuso que fuera este el símbolo de la nueva bebida.

A los murciélagos se les veía en la tradición como símbolo de salud, fortuna y unidad familiar, lo que para la familia Bacardí se cumplió ampliamente pues el negoció fructificó (no sin sus altas y bajas), llegando a ser una de las familias más acaudaladas de la época y manejando en la actualidad un capital que sobrepasa los varios miles de millones de dólares. Desde su creación asimismo, el negocio ha permanecido como un negocio familiar y privado.

Muchos ven también en la propuesta de doña Lucia Moreau una inteligencia pragmática pues un logotipo fácilmente reconocible podía ser identificado incluso, por el gran número de analfabetos que en el siglo XIX, podían ser clientes en potencia de la bebida.

El murciélago de los Bacardí: el logotipo que identifica a la famosa marca de Ron

La tradición del Ron Bacardí ha sido transmitida de generación en generación guardando siempre el secreto de la fórmula lograda por el primero de los Bacardí en estas tierras santiagueras.

Los cocineros que asaltaron el cuartel Moncada

Escrito por José Roberto Loo Vázquez

Años atrás hubo en Santiago de Cuba un amanecer de la Santa Ana diferente: en las calles se respiraba el ambiente del carnaval entremezclado con el olor a sangre, huella reciente de una acción militar que había estremecido a la ciudad.

Desde los primeros albores se esparcía el rumor que unos cocineros habían asaltado la fortaleza más importante de ciudad: el cuartel Moncada.

Pero esta historia comienza un año atrás, en 1952, cuando un grupo de jóvenes, 17 parejas en total, decidieron que al año siguiente se disfrazarían todos iguales para disfrutar de la mayor fiesta popular de la urbe.

Pero por esos azares que tiene la historia que entrecruza los destinos de las personas, este inocente suceso se vincularía con uno de los acontecimientos más importante ocurridos en la historia nacional.

El grupo de personas irrumpió alegremente en la calle Trocha, causando gran impresión debido a la uniformidad de sus carnavalescos atuendos: hombres vestidos con pantalones y camisas blancas, hechos de sacos de harina, semejante al de los cocineros, y mujeres disfrazadas de sirvientas, con vestidos negros, delantales blancos y cofias en las cabezas. Así vestían los protagonistas de esta historia.

Disfrutar de la fiesta popular, tomarse una cerveza fría, bailar al compás de un grupo musical y terminar la velada en el Cabaret San Pedro del Mar, era el plan para esa jornada.

Y así sucedió, todo comenzó y terminó según lo planeado. O al menos eso pensaban ellos.

Lo que ninguno pudo suponer era que los disfraces de cocineros estarían vinculados al asalto de la segunda fortaleza militar de importancia del país: el cuartel Moncada.

Hasta este momento, usted podría decir que esto es fruto de la casualidad, o quizás de esa capacidad que tenemos los cubanos de fabular los hechos. Pero el destino, el sabio destino y nadie tan antiguo como él, no lo quiso así.

Pepé Vázquez, uno de los cocineros y supuesto asaltante, era el dueño de Villa Blanca, conocida así por los antiguos dueños del sitio, y posteriormente bautizada por la historia como la Granjita Siboney.

Cuando conoció de los sucesos del Moncada, y que los jóvenes provenían de su casa de verano, provocó un gran susto en él y en su familia. Pero esto no termina aquí, cuando vinieron a buscarlo a su casa y lo arrestaron, fue muchísimo peor.

¿Y piensa que aquí termina la historia? Pues sepa que no, aún otras cosas debían sucederle a la familia Vázquez. Otras casualidades les tenía preparado el destino.

Horas después de la detención del cabeza de familia, el teléfono de su casa no descansaba, la lluvia de llamadas informaban lo mismo: en la calle las personas aseguraban que habían sido los más de treinta cocineros los que habían asaltado el cuartel Moncada.

Y ahora sí que no quedaba lugar a dudas, habían relacionado a Pepe Vázquez, dueño de la Granjita Siboney y uno de los cocineros de nuestra historia, con uno de los asaltantes.

Días después todo se aclaró, fue el propio Fidel Castro quién exoneró a Pepe Vázquez y su familia de toda relación con la acción militar.

Quizás en una historia diferente, en otro tiempo, en otro lugar, con otros protagonistas, esta anécdota no hubiese sido algo más que un cuento para nietos o una narración para reír. Pero en Cuba, antes de 1959, por casualidades más inocentes se llenaban listas de personas asesinadas y desaparecidas.

Entonces es válido imaginar el horror que vivieron unas personas que por las eventualidades que tiene la vida, se vieron vinculados a un hecho de nuestra historia.

Años después, cuando se acerca la fecha, con cierta risa de complicidad recuerdan el hecho que ocurrió aquella mañana diferente de la Santa Ana.

Así termina una historia de personas comunes, hombres y mujeres que por los azares del tiempo se relacionaron con el asalto al cuartel Moncada, un hecho importante de la historia de Cuba y que marcó el curso definitivo del triunfo del proceso revolucionario.

Campeones y empresarios

La Joven Cuba:

Este es un artículo muy interesante que refleja el efecto de los cambios que está experimentando la sociedad cubana. Por: Charly Morales Valido

Subieron a lo más alto del Olimpo deportivo, pero ahora tienen los pies bien puestos en la tierra: Mireya Luis, Raúl Diago y Javier Sotomayor saltan al ruedo empresarial habanero al frente de sendos restaurantes, en los cuales vuelcan todo el rigor y la pasión que los elevó a la elite deportiva mundial.

Mireya ganó tres coronas olímpicas de voleibol; Diago fue ocho veces el mejor pasador del orbe, y aún nadie ha igualado el récord mundial de salto de altura que implantó el Soto hace dos décadas. Como deportistas lo ganaron todo, principalmente la inmortalidad. Soñaron en grande, trabajaron por ello y alcanzaron la gloria. Como empresarios, sus expectativas no son menos ambiciosas…

Mirella Luis

La más espectacular de las espectaculares morenas del Caribe es naturista. En su casa de Fontanar tiene una huerta de 350 metros cuadrados, donde cultiva sus propias especies, con semillas traídas de Italia. Por tener, tiene hasta tomates cherry. Ahí encuentra cierta paz cuando el “gorrión” (nostalgia) del volley la acosa.

Confiesa que extraña tremendamente comer con sus compañeras de equipo, y aquel mundo intenso de las competencias y las giras, cuando el voleibol femenino en el mundo podía resumirse en cuatro letras: Cuba. Aquella energía que le ponía a los partidos la pone ahora al servicio de su pizzería-bar Tres Medallas, una vieja fantasía que su esposo Gian Carlo Incerti hizo realidad. “Siempre soñé con un bar, pero nunca me vi así, encargándome de uno. El deporte me enseñó a esforzarme y trabajar en equipo, y esas virtudes me funcionan como empresaria. Pero dirigir un restaurante es más complicado, porque el equipo va en una misma dirección, y el negocio tiene muchos frentes”, asegura.

Sin embargo, Mireya sabe darse a querer, es comunicativa y sus años en el Comité Olímpico Internacional le dieron mucho bagaje para las relaciones públicas y la seguridad suficiente para afirmar: “Ya no quiero competir: ahora me interesa compartir”.

Diago

En su restaurante-bar, Diago se desenvuelve con la soltura de antaño. “Siempre me he considerado un empresario”, confiesa el otrora pasador de la selección cubana de voleibol, a quien apodaban El Mago por su pericia y precisión al dirigir el ataque. Tras un lustro de experiencia como federativo al frente del voleibol cubano, hace poco más de un año decidió probar suerte con la gastronomía. “Me fui metiendo poco a poco en este mundo. Tenía más ganas que preparación, pero me asocié con un chef que me enseñó y ayudó mucho, sobre todo capacitando al personal”. No sabe cocinar, pero aplica mucho de lo aprendido en el deporte. “El pasador es el eje del juego, quien dirige, orienta, distribuye. Jugué 24 años en esa posición, y me gusta organizar”.

De cierta manera, presidir la Federación Cubana de Voleibol lo hacía una especie de empresario, y su gestión dejó resultados positivos. Pero de aquellos tiempos solo queda el buen recuerdo, muchos trofeos y grandes amigos. “Trabajo tanto que no tengo tiempo ni para extrañar el voleibol. Y yo aspiro a la excelencia…”, concluyó.

Javier Sotomayor

Este es un artículo muy interesante que refleja el efecto de los cambios que está experimentando la sociedad cubana. Por: Charly Morales Valido

Subieron a lo más alto del Olimpo deportivo, pero ahora tienen los pies bien puestos en la tierra: Mireya Luis, Raúl Diago y Javier Sotomayor saltan al ruedo empresarial habanero al frente de sendos restaurantes, en los cuales vuelcan todo el rigor y la pasión que los elevó a la elite deportiva mundial.

Mireya ganó tres coronas olímpicas de voleibol; Diago fue ocho veces el mejor pasador del orbe, y aún nadie ha igualado el récord mundial de salto de altura que implantó el Soto hace dos décadas. Como deportistas lo ganaron todo, principalmente la inmortalidad. Soñaron en grande, trabajaron por ello y alcanzaron la gloria. Como empresarios, sus expectativas no son menos ambiciosas…

Mirella Luis

La más espectacular de las espectaculares morenas del Caribe es naturista. En su casa de Fontanar tiene una huerta de 350 metros cuadrados, donde cultiva sus propias especies, con semillas traídas de Italia. Por tener, tiene hasta tomates cherry. Ahí encuentra cierta paz cuando el “gorrión” (nostalgia) del volley la acosa.

Confiesa que extraña tremendamente comer con sus compañeras de equipo, y aquel mundo intenso de las competencias y las giras, cuando el voleibol femenino en el mundo podía resumirse en cuatro letras: Cuba. Aquella energía que le ponía a los partidos la pone ahora al servicio de su pizzería-bar Tres Medallas, una vieja fantasía que su esposo Gian Carlo Incerti hizo realidad. “Siempre soñé con un bar, pero nunca me vi así, encargándome de uno. El deporte me enseñó a esforzarme y trabajar en equipo, y esas virtudes me funcionan como empresaria. Pero dirigir un restaurante es más complicado, porque el equipo va en una misma dirección, y el negocio tiene muchos frentes”, asegura.

Sin embargo, Mireya sabe darse a querer, es comunicativa y sus años en el Comité Olímpico Internacional le dieron mucho bagaje para las relaciones públicas y la seguridad suficiente para afirmar: “Ya no quiero competir: ahora me interesa compartir”.

Diago

En su restaurante-bar, Diago se desenvuelve con la soltura de antaño. “Siempre me he considerado un empresario”, confiesa el otrora pasador de la selección cubana de voleibol, a quien apodaban El Mago por su pericia y precisión al dirigir el ataque. Tras un lustro de experiencia como federativo al frente del voleibol cubano, hace poco más de un año decidió probar suerte con la gastronomía. “Me fui metiendo poco a poco en este mundo. Tenía más ganas que preparación, pero me asocié con un chef que me enseñó y ayudó mucho, sobre todo capacitando al personal”. No sabe cocinar, pero aplica mucho de lo aprendido en el deporte. “El pasador es el eje del juego, quien dirige, orienta, distribuye. Jugué 24 años en esa posición, y me gusta organizar”.

De cierta manera, presidir la Federación Cubana de Voleibol lo hacía una especie de empresario, y su gestión dejó resultados positivos. Pero de aquellos tiempos solo queda el buen recuerdo, muchos trofeos y grandes amigos. “Trabajo tanto que no tengo tiempo ni para extrañar el voleibol. Y yo aspiro a la excelencia…”, concluyó.

Javier Sotomayor

Cuando OnCuba conversó con el Príncipe de las Alturas, su restaurante tenía menos de un mes de abierto. El rostro del Soto acusa el cansancio de los madrugones, pero él sabe que tarde o temprano encamina el negocio.

Es un hombre acostumbrado al desafío: lo criticaron cuando saltó en paracaídas, cuando armó un grupo de salsa, cuando salió en una película con Perugorría, pero él disfruta cada vivencia y punto. Cuando decidió abrir un negocio, pensó armar un gimnasio, pero desechó la idea.

Tras evaluar algunas variantes, optó por el restaurante. “Ser empresario es más difícil, y eso que el deporte entraña mucho sacrificio. Claro, este trabajo tiene sus ventajas: ahora puedo beberme una cerveza, hablar con mis amigos, dedicarle más tiempo a mi familia. Fui saltador desde los 10 hasta los 34 años, y a mí ni siquiera me gustaba el salto”, confesó el monarca. Sin embargo, esa vida forjó su voluntad y la confianza de que todo saldrá bien.

A sus 45 años comienza una nueva vida, supervisando compras, menús, imagen, economía… Todavía le faltan algunos retoques al restaurante, como un rincón dedicado a exhibir fotos y objetos personales de grandes deportistas. Entre las reliquias destaca una varilla ubicada a 2.45 metros, la altura que solo él ha superado de un salto. Le recuerda que fue el mejor del mundo, y lo estimula a intentar que su restaurante esté, al menos, entre los mejores de La Habana. Una idea lo mueve: “Si triunfo, mi familia también”.Cuando OnCuba conversó con el Príncipe de las Alturas, su restaurante tenía menos de un mes de abierto. El rostro del Soto acusa el cansancio de los madrugones, pero él sabe que tarde o temprano encamina el negocio.

Es un hombre acostumbrado al desafío: lo criticaron cuando saltó en paracaídas, cuando armó un grupo de salsa, cuando salió en una película con Perugorría, pero él disfruta cada vivencia y punto. Cuando decidió abrir un negocio, pensó armar un gimnasio, pero desechó la idea.

Tras evaluar algunas variantes, optó por el restaurante. “Ser empresario es más difícil, y eso que el deporte entraña mucho sacrificio. Claro, este trabajo tiene sus ventajas: ahora puedo beberme una cerveza, hablar con mis amigos, dedicarle más tiempo a mi familia. Fui saltador desde los 10 hasta los 34 años, y a mí ni siquiera me gustaba el salto”, confesó el monarca. Sin embargo, esa vida forjó su voluntad y la confianza de que todo saldrá bien.

A sus 45 años comienza una nueva vida, supervisando compras, menús, imagen, economía… Todavía le faltan algunos retoques al restaurante, como un rincón dedicado a exhibir fotos y objetos personales de grandes deportistas. Entre las reliquias destaca una varilla ubicada a 2.45 metros, la altura que solo él ha superado de un salto. Le recuerda que fue el mejor del mundo, y lo estimula a intentar que su restaurante esté, al menos, entre los mejores de La Habana. Una idea lo mueve: “Si triunfo, mi familia también”.