Mi viejo se llama Fidel

Olga García Palau

Cuando era pequeña, me imaginé más de una vez dándole un beso y un abrazo a mi viejo. Me ideaba con par de moños, ropita de niña y unos zapaticos blancos, conversándole y diciéndole cuántas veces había soñado con ese momento. A veces, cuando lo veía con otros niños, me ponía celosa y pensaba: ¿será que alguna vez voy a poder abrazarlo así? ¿Será que me verá entre tanta gente? Yo pensaba, yo siempre lo pensaba… Mi viejo ya tenía un espacio en mi corazón.

Entonces yo era muy pequeña y no entendía lo suficiente, que mi viejo era un viejo ocupado y que mucha gente lo quería y que quizás no tendría esa suerte de apretar fuerte sus manos y entrelazar mis dedos con los suyos largos.

Pero yo opté por seguir soñando con ese día, y aunque hoy ya me sorprendo consciente de que ese encuentro no ocurrirá, mi viejo sigue ocupando un lugar especial en mi corazón. Con el paso de los años me ha tocado seguirlo viendo de lejos, aunque últimamente se me pierde y lo extraño.

A pesar de no haberlo tenido cerca yo lo he visto envejecer, y aunque por mucho soy más joven que él, lo conozco desde que nació. Mi viejo es un hombre famoso. Nació con una luz que decidió compartir con todos, tuvo ideas que a nadie se le ocurrieron.

Mi viejo tiene un montón de años y se ha vuelto más sabio. Aunque muchos también han decidido no quererlo, han sido más los que lo han escuchado atentamente, los que han seguido sus consejos, los que a pesar de las distancias se han vuelto sus amigos y lo han reverenciado con gestos, que hoy, yo también agradezco.

Él hizo muchas cosas pensando en mí, me dio muchas cosas que yo necesitaba, me educó, me aconsejó, se volvió mi guía, mi ejemplo. Mi viejo no me conoce, nunca me soñó, no es mi sangre… Sin embargo, a él también le debo parte de lo que soy. Mi viejo, es el viejo de mucha gente. Mi viejo se llama Fidel.

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