Ernestico: un cubanito que disfruta de sus derechos

Texto y fotos: Angela Santiesteban Blanco

ErnesticoEnesto, es mi vecinito, quizás a su corta edad no sepa todavía descifrar los derechos de los que disfruta, cuando en el mundo cientos de niños viven en la pobreza, mientras que en Cuba tiene toda la seguridad del mundo para tener una infancia feliz.
Desde muy pequeño le puse el mote de musaso, y hoy con tres añitos, Ernestico es un niño vivaracho, intranquilo, y muy inteligente. Este pequeño disfruta de una plaza en el círculo infantil Espiguita, en el reparto Pastorita, en Santiago de Cuba.
El musaso, todos los días, bien temprano en las mañanas va para el circulo, donde le esperan jornadas de juegos didácticos, cuentos, alimentación segura, además de conversaciones con su “seño sobre temas educativos y de conducta, entre otras actividades que realizan él y sus amiguitos en la institución.
Ernestico se desarrolla y crece radiante bajo la tutela de papá y su bisabuela materna. Su mami brinda su ayuda a los hermanos Bolivianos como médico, hace más de un año, y tiene la tranquilidad de que no le falta nada y que además de la protección familiar, tiene la del Estado.
Este pequeño, un día no muy lejano, comprenderá que su mamá pudo realizar esta altruista labor gracias a que nació en Cuba, donde tiene las garantías constitucionales y políticas, dirigidas a su protección y desarrollo, con derecho gratuito a la educación y la salud, regidas por las normativas jurídicas de la Convención de los Derechos del Niño, aprobada en 1989.
Entonces el “musaso” comprenderá que gracias a la Revolución, en Cuba, la Convención de los Derechos del Niño entró en vigor el 20 de septiembre de 1991, con el objetivo de protegerlos de pandemias que aún niños de su edad sufren en otras latitudes.
Ernestico, lo que sí tiene bien claro es que puede jugar libremente, no puede imaginar que más de 600 millones de niños viven en condiciones extremas de pobreza, y que a 121 millones se les niega el derecho a la educación, muchos de ellos están sometidos a largas horas de trabajo, y otros obligados a prostituirse para ayudar a la economía familiar.
Gracias a la confirmación de la Convención sobre los Derechos del Niño el 26 de enero de 1990, ratificada el 21 de agosto de 1991. “El musaso”, puede tener la certeza de que no será maltratado, mucho menos serán violentados sus derechos.
Con la felicidad propia de su edad, él no mide el tiempo que pasa, lejos de su mamá; Pero al interrogarlo afirma: “mi mamá está en Bolivia, curando a los niños enfermos, para que vuelvan a jugar, igual que yo”.

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