El Día del Amor

Hoy me decidí a escribir sobre el día de San Valentín, pensaba cómo hacer algo diferente, casi todos lo años muchos buscan la fecha en que comenzó la celebración, otros pintan este bello sentimiento de disimiles maneras, pero yo insistía en hacerlo de otra manera, -diferente valga redundancia- y que a la vez fuera especial y sugerente, pero no disponía de mucho tiempo porque tenía otros deberes pendientes.
Traté de que mi musa me ayudara, pero se rehusó esta noche a acompañarme, y no quería que la fecha pasara sin reflejarla en mi blog, entonces comencé a buscar y a buscar, encontrando esta crónica en la página Bitácora de una Isla en el Caribe, del colega Jorge Legañoa Alonso, y que fue escrita por el periodista camagüeyano, Enrique Milanés León, verdaderamente encontré en ella una forma muy sugerente para hablar del día dedicado al amor. Muy linda, espero que compartan mi opinión.
Desde la madrugada habían sido barridas las nubes sucias para que la plaza estuviera impecable, azulísima, a primera hora. Con puntualidad celestial, a las ocho en punto empezó a hablar el locutor:

—¡Bienvenidos! Hoy es 14 de febrero, Día del Amor, y estamos reunidos aquí para efectuar esta actividad conmemorativa. Preside el acto el compañero Cupido, de la instancia superior en el Ministerio del Cariño.

Se produce un cerrado aplauso de alas. En ese momento, el joven dirigente ladeó un poco la cabeza y levantó el ala derecha en señal de saludo. Satisfecho el protocolo, el presentador continuó:

—Pedimos un minuto de silencio por los amores difuntos, por los extintos, por aquellos que, de tan finos, terminaron en finados. Un minuto sin palabras por los galanteos fallidos, por el rubor liquidado, por los adjetivos que no escuchó la mitad de la pareja y por los sustantivos que el otro 50 por ciento usó para herir. Convocamos a un mutismo solemne por la boca poca, que no quiso besar y, de tan egoísta, terminó emboscada (embocada, dicen) entre los flancos de fuego de los labios enemigos…

Ahí fue cuando el locutor, ángel sensible, se emocionó demasiado y su voz se apagó. Alguna musa auxiliar apareció presurosa tras la tribuna y le alcanzó un vaso de agua bendita que él bebió, despacio, para seguir con bríos nuevos la lectura:

—Pido que escribamos el epitafio de las mentes vanas que se van de su mundo sin llegar primero y vienen al nuestro con vagina deshecha o glande rasgado y un alma virgen, intocada, que jamás un mortal pudo conmover. Recemos una oración subordinada a lo bueno, yuxtapuesta a lo bello, coordinada con sensibles latidos de nuestrocardio; una oración que tenga sujeto, predicado y, como complemento, prédica, suficiente prédica para intentar que al fin descansen en paz los amantes de parejas infinitas que jamás se tropezaron en cama alguna con la cara y el cuerpo de la ternura. Glorifiquemos de nuevo los amores difíciles, los únicos fáciles de creer. Entablemos un diálogo silente de 60 segundos —y 60 primeros— para que el de hoy no resulte “el Día”, dispar en el alma/naque, sino un día común porque amar sea la norma.

Ya con ojos vidriosos, el locutor hizo una pausa más larga, tomó aire y le dio otro tono a su voz para anunciar, orgulloso:

—Bien, queridos asistentes, ahora el compañero Cupido nos dirá unas palabras de estímulo para concluir la actividad.

En efecto, ceremoniosamente, Cupido se paró de la butaca destinada a la presidencia, entregó el arco en custodia a un ayudante, y tomó el micrófono de la tribuna, sin embargo, cuando todos esperaban escucharlo rompió en un llanto desgarrador: la víspera de ese Día, había roto con su mujer. cronica<a

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