David, el niño de la Plaza

INDIRA FERRER ALONSO
Foto: Angela Santiesteban Blanco

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David Alejandro tiene cuatro años y hoy asistirá al desfile del Día Internacional de los Trabajadores por primera vez.

Aún no son las seis de la mañana y ya está allí, a pocos metros de la Plaza de la Revolución Antonio Maceo, diciendo consignas como “Viva el Primero de Mayo” y “Viva Cuba” junto a un grupo de adolescentes eufóricos, que estudian en la escuela donde labora su padre.

El niño tiene cuatro años y una alegría que contagia, como si estuviera a las puertas de una gran fiesta. En brazos de papá posa para una foto e insiste en levantarse el suéter para que veamos su camiseta roja, como la que llevan hoy casi todos en la Plaza.

“Lo traje para que disfrute del desfile y porque este es un momento de unidad de los trabajadores cubanos; es nuestra declaración de principios, para que todo el mundo sepa que la clase obrera está con la Revolución. Esas son nuestras tradiciones, y mi hijo algún día desfilará con sus hijos por esta Plaza, como yo, por un socialismo próspero e irreversible”, dijo Antonio Isaac Hechavarría, profesor de Historia en el instituto preuniversitario vocacional de ciencias exactas Antonio Maceo Grajales.

Mientras el profesor habla yo solo puedo pensar en David Alejandro y en los miles de niños que marcharán con sus padres en todo el país.

Por experiencia propia sé que el desfile del Primero de Mayo es unos de esos recuerdos bonitos de la infancia. Con apenas tres o cuatro años, los niños se entusiasman cuando sus padres prometen llevarlos a la Plaza.

Aquello es todo un suceso porque a esa edad y con menos de un metro de estatura, la explanada colmada de personas parece mayor; es como el mar, pero de gente con sombrero y pancartas gritando consignas.

Viendo a David Alejandro se agolparon en mi memoria los recuerdos: para mí este era un día único: descubría a Maceo en su caballo de bronce, tan grande que desde mi altura parecía llegar al cielo. El simbolismo de su brazo en gesto de convite, las banderas gigantescas colgadas de grúas, la gente eufórica, y yo en los hombros de mi papá, banderita en mano y la garganta rota de tanto gritar y extender las manitos para saludar a Raúl, que como cada año, estaba en la tribuna con los santiagueros.

Sigo mi camino, entrevistando personas. El padre de David Alejandro me había hablado de Jesús Menéndez, de Lázaro Peña y de tantos otros líderes sindicales que legaron al pueblo cubano sus ideales de justicia social y la voluntad de construir una nación cada vez más independiente y cada vez más de los trabajadores… y yo me enorgullece creer que algún día los hijos de David aprendan de la mano de su padre las razones por las que desfila un cubano el primer día de mayo.

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